jueves, 1 de noviembre de 2012

De niños somos orugas, de adultos bellas mariposas.


-Paso a paso el insecto se arrastra por el suelo ensuciando sus patitas. Que lentamente avanzan hacia adelante hasta toparse con una hoja. Esa hoja verde de árbol campestre, que a simple vista se ve deliciosa y cautivante pero a la vez efímera.
-Una hoja que no tiene miedo de la boca de sus depredadores, ni vergüenza a posar desnuda sobre la corteza de su madre. Nació para servir a sus superiores, para ser nada más que un esclavo de los reyes,  alimento de los hambrientos. Y que espera a su decapitación como si fuera un criminal de los años XX.
-El joven aventurero de la tierra no se detiene aunque los cristales, esos pequeños diamantes de minerales de su camino lastimasen sus dedos. Esta decidido a llegar a su dama, aquella mujer que sacrifica su belleza natural para satisfacer la ferviente necesidad del hombre.
-Ya no importa las ramillas muertas que se amontonan como una muchedumbre en las calles de Nueva York. Este hombre ya no es niño, ya no le interesa jugar con juguetes de madera, ni perseguir a los escarabajos, ni buscar a las lombrices que se divierten jugando a las escondidas. Solo le importa el futuro, su fina y elegante dama y las raíces de la madre. La herencia de un sostén familiar fuerte y el deber de protegerla aunque este se devore el alma de su amada. Una madre sabe cuando es hora de despedirse, de dejar que sus niños vuelen de sus ramas para caer en tierras desconocías. Para plantar una semilla moral en islas ignorantes y dejar florecer su marca, su identidad dentro de las vallas que rodean su espacio. Toda isla es peligrosa arena dentro. Demasiado poder y demasiado peligro político. Ser diferente, ser insecto entre animales no es tarea fácil, y pocos sobreviven al terror de una estampida. Y solo aquellos experimentados, capaces de volar con el alma  y la imaginación están a salvo.
-Las pisadas de robots humanos amplían y dejan visible el camino del insecto que aun se resiste del cambio. Su meta es llegar, aprovecharse de su mujer cubierta en chocolate verde y proteger a su suegra, como señal de respeto.
-Sin demostrar entusiasmo su dedo índice empieza a sentir la rudeza de una corteza anciana, añorada y desgastada. La reconoce y no la mira por vergüenza. Toma de la mano a su esposa y se la come, babeando aun con pedazos de alma en la boca. Le duele tragársela, digerirla y luego conscientemente saborear el sabor del labial que llevaba. Deja sus huesos a un costado, los patea ya afrontando el hecho de que se había ido, y ya tiene en mente su próxima comida. Su próxima mujer. La segunda de muchas.
-Una vez que llega a la rama más alta del árbol y la mas alejada de los ojos llorosos de su suegra se dispone a forjar una armadura por su cuenta. Uno pensara que se prepara para luchar, pero solo se acobija dentro de ella. Buscando sentirse protegido. No le hace falta un caballo blanco, su armadura de caballero brilla más que cualquier cosa y queda encendido y luminoso como un foco colgando de un árbol iluminando la noche. Su crisálida esta lista  y ahora solo duerme hasta que su dolor se vaya y su ignorancia desaparezca, dejando paso a unas alas coloridas, como el mas bello campo de flores. Permitiendo que la fantasía lo rodee.
-Ahora será un adulto, pero no ha dejado de creer en cuentos de hadas. Ha madurado pero aun le apasiona oler las margaritas vecinas. Es un niño en el corazón, un insecto que se divierte en la tierra. Y también un adulto, un bello adulto, una mariposa. Culto, apasionado  y viviendo en un cuento. Hasta morir calcinado por el sol que lo vio nacer. Cuando sus alas no aguanten su peso, cuando no aguanten todos los cadáveres de sus novias siendo pulverizadas en su estomago y pierda sus antenas sobre una rama observando como un insecto oruga, comienza su largo camino hacia una hoja, que desfila sobre el aire, sabrá que su hora llego. Tal como su primera mujer, tendrá que dejar este mundo para que otras orugas tomen su lugar. 

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